Teófila Betancourt Caicedo o “Teo”, como la llaman sus amigas, es una mujer rural lideresa del municipio de Guapi, en el departamento del Cauca. Ella cuenta que desde muy pequeña vivió y sintió el peso de ser mujer rural en una sociedad culturalmente machista. Sin embargo, gracias a las cualidades de mujer emprendedora que la caracterizan, desde el año de 1991 empezó a relacionarse con el tema de los procesos organizativos y tres años después, hace 27 años creó la Fundación Chiyangua, una organización que actualmente promueve las prácticas tradicionales y el fortalecimiento de las capacidades de mujeres rurales negras.

A propósito del Día Internacional de la Mujer Rural, que se conmemora cada 15 octubre, con el objetivo de reconocer el trabajo de las mujeres en ese ámbito, conversamos con ella sobre el trabajo que viene adelantando, así como los desafíos de ser mujer rural en esta región de Colombia.

¿Cómo inició su proceso de liderazgo?

 “Desde una edad muy temprana tuve que trabajar e internarme como empleada doméstica en otra ciudad en dónde conocí el rostro de la violencia física y psicológica por parte de mi compañero sentimental. Sin embargo, un día junto a mis hijas, decidí abandonar este calvario y tomé la decisión de volver a mi tierra natal”.

Al llegar a Guapi, llega también una mujer mucho más dispuesta y más consciente de sus derechos. “Abrí un puesto de verduras en la Plaza de Mercado para garantizar mi sustento económico y ahí me di cuenta de que muchas mujeres debían llevar a sus hijos a ese espacio porque no tenían quién se los cuidara, entonces empecé a trabajar en esto y después de varias gestiones logré que el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF) me asignara un hogar comunitario para atender a 12 niños. Más tarde, en el año de 1991 me vinculé a la Cooperativa Multiactiva de Mujeres de Guapi, una organización que trabajaba por los derechos étnico-territoriales y la defensa de los derechos de las mujeres a través de la prevención y acompañamiento de casos de violencia contra la mujer en el municipio.

Luego de varios años de trabajo, fui seleccionada por mis compañeras para participar en el Encuentro de Mujeres Cimarronas que se realizó en la ciudad de Cartagena. Yo participé en representación de la Costa Pacífica Caucana. En este espacio se congregaban líderes y lideresas de todo el país. Este fue el primer espacio que me dio la oportunidad de auto reconocerme como mujer negra y sobre todo empezar a trabajar por fomentar y visibilizar los derechos de las mujeres. Ahí conocí a otras mujeres que aportarían elementos de peso a mi proceso de crecimiento como lideresa social y me fijé como meta iniciar el proceso de promoción de los derechos étnicos y de género, proceso que posteriormente se fortaleció a través de alianzas a nivel local y regional. Al final, entre las mujeres de Guapi y Buenaventura creamos la Red de Mujeres Negras, de la cual soy coordinadora”.

¿Cómo nació la Fundación Chiyangua?

“Cimarrón o Chiyangua como cariñosamente la llaman sus allegados, hace referencia a una hermosa mujer afrodescendiente que nació en el municipio de Guapi. Ella tiene un suave aroma a hierbas aromáticas y su sonrisa se asemeja con el aroma de la sazón en el Pacifico colombiano. Tiene una brillante y frondosa cabellera que se entrelaza para formar matices de hierbas medicinales. Nació un día lluvioso hace 27 años”.

Chiyangua fue concebida como una reivindicación étnica, de equidad, de libertad, de conservación, una mujer capaz de gestar desarrollo. Su proceso inició convocando a varias mujeres (comadres). Cada una de ellas aportó el ingrediente secreto para el propósito de darle vida. “Esperábamos que esta mujer reuniera las cualidades para iniciar el proceso de un desarrollo acorde con los lineamientos culturales del pueblo negro, por esto, las sabedoras de las comunidades decidimos que esta mujer, naciera en una azotea sobre finas hierbas medicinales, aromáticas y de condimento y que, como símbolo de identidad en cada comunidad, habría un replica de esta azotea, para salvaguardar esto que ellas consideraban “patrimonio cultural”. Así, Chiyangua se volvió una moda que todos querían tener en su patios y cocinas agregando un trozo de cultura e identidad. Desde entonces, anda por los ríos, veredas y el mar, transmitiendo identidad, luchando por la preservación de su cultura y la reivindicación de los derechos étnicos y de las mujeres dispuesta a conservar su patrimonio ancestral y sus ecosistemas”.

¿Cuáles son las líneas de trabajo que tienen en la Fundación Chiyangua?

“Actualmente la Fundación maneja cuatro líneas de trabajo. La primera de ella es la Socio- organizativa que tiene como propósito capacitar y empoderar a las mujeres para que lideren sus propios procesos a partir del auto reconocimiento”. En el Municipio de Guapi existen alrededor de 40 organizaciones femeninas que nacen por iniciativa propia a partir del trabajo de la Fundación Chiyangua. “Son organizaciones que tienen su propia autonomía y estrategias de gestión.  Por otro lado, en aras de construir un proceso sub regional se crea con otras organizaciones de mujeres de la Costa Pacífica Caucana La Red Matamba y Guasá que es un proceso integrado por grupos de mujeres de los municipios de Guapi, López de Micay y Timbiquí.

También manejamos la línea Productiva y Empresarial, que se enfoca en la recuperación y fortalecimiento de prácticas productivas tradicionales, a través de tres ejes fundamentales: La seguridad y soberanía alimentaria de las familias; la conservación del medio ambiente y la generación de ingresos tendientes a mejorar la calidad de vida de las familias. Gracias a esto, hemos logrado garantizar la seguridad y soberanía alimentaria de más de 1.000 familias en el municipio de Guapi y reactivar la economía local a través de la comercialización de productos propios de la zona.

Tenemos una tercera línea de trabajo sobre Territorio y Cultura, que busca que, a través de la recuperación y fortalecimiento de las prácticas tradicionales de producción, también se rescaten los espacios de uso, como las azoteas y los cultivos de patio, que están fuertemente ligados a la cocina y la medicina tradicional. Este proceso ha servido de pretexto para iniciar el trabajo de recuperar prácticas que se estaban perdiendo y lograr la recuperación de recetas tradicionales propias de la zona y lograr que estás sean incorporadas en los menús de las familias.

Finalmente tenemos nuestro eje de Mujer, Colectividad e Incidencia, que busca específicamente capacitar y fortalecer las iniciativas de participación de las mujeres en incidencia para la prevención, atención y respuesta a las Violencias Basadas en Género (VBG). Gracias a esto hoy se cuenta en Guapi con una Política Pública para las mujeres rurales y urbanas del municipio, con un enfoque étnico, de género y territorial, que determina las acciones para exigir el reconocimiento y cumplimiento de los derechos de las mujeres víctimas, desplazadas y vulnerables”.

Además de estas cuatro líneas, desde la Fundación también trabajan en temas de etnoturismo y comunicación. Todo desde una perspectiva etnoeducativa que reconoce las características propias del pueblo afrodescendiente.

¿Cómo y por qué nació la idea de sembrar en las azoteas?

“Surge como un símbolo de resistencia. Una forma de arraigarse al territorio y defenderlo. Una manera de quedarse en su espacio con elementos de base que permitieran subsistir de una manera sostenible. También como un grito en el silencio, que buscaba despertar y visibilizar la realidad de muchas mujeres violentadas en el municipio de Guapi. Este proceso logró reconstruir los lazos de hermandad que se estaban perdiendo y nos permitió solidarizarnos con el otro. Fue el pretexto perfecto para armar la estrategia de reencontrarnos y empezar de nuevo con la posibilidad de poder escribir nuestra propia historia. Una historia nueva, donde la cultura y la confianza van tomadas de la mano”.

¿Qué representa la cocina tradicional para usted?

“La cocina tradicional para mí, es un conjunto de conocimientos que inicia desde las prácticas de producción de los diferentes productos hasta el toque casi mágico dado por la mujer negra al condimentar con las plantas cultivadas en azoteas. Este proceso se convierte en un suceso de transmisión oral, a través de las enseñanzas que se van pasando de generación a generación; no solo al interior de nuestra cultura, sino también a todos y todas con quien nos juntamos a convivir por corto o largo tiempo”.

Desde la cocina yo fortalezco muchos elementos de mi identidad étnica, además representa la primera actividad de subsistencia pensada y desarrollada por muchas mujeres para su sostenibilidad y se convierte en la opción de salir adelante cuando se ha vivido el conflicto”.

¿Cómo ha sido el proceso de ser una mujer rural lideresa en una región como el Pacífico Caucano?

“La mujer rural en el Pacífico ha desempeñado siempre un papel determinante debido a su estrecha y particular forma de relacionarse con el entorno natural. Esto me ha permitido mantener y convivir con un sistema propio de valores heredados de madres a hijas, que he logrado perpetuar a través de las formas tradicionales en la transmisión de conocimientos.  Sin embargo, esta también continúa siendo una región en la que a las mujeres les ha tocado vivir el marcado machismo y la discriminación, no solo por ser mujer, sino además mujeres negras, situación que se agrava por las diferencias entre lo urbano y lo rural. De igual manera hemos vivido el flagelo inclemente del conflicto armado, que ha ocasionado el despojo de los valores y las prácticas propias de relacionarnos. No obstante, como grandes cimarronas, desde nuestras actividades colectivas y comunitarias, nos hemos aferrado al territorio generando mejores opciones para la pervivencia y la sostenibilidad y desde allí construir opciones de vida desde nuestra cosmovisión como mujeres negras, rurales y palenqueras generadoras de vida y constructoras de paz”.

¿Cuáles han sido las mayores satisfacciones y cuáles han sido los principales desafíos?

“Una de las mayores satisfacciones ha sido reencontrarnos como mujeres rurales y gestar un proceso permanente con diferentes organizaciones de mujeres y mixtas entre los tres municipios. Además, lograr visibilizar y empoderar a muchas mujeres rurales a través de la recuperación y el posicionamiento de algunas de nuestras prácticas tradicionales (cocina tradicional, medicina tradicional, tradición oral) y la reactivación de la economía local. La construcción de tejido social a través de la creación y fortalecimiento organizacional y lograr crear espacios de incidencia y participación por la defensa de los derechos humanos de las mujeres han sido nuestras mayores satisfacciones.

Los principales desafíos han sido y son poder continuar incidiendo en los planes institucionales a nivel local y departamental y mantenernos en movimiento a pesar de las adversidades como la pandemia, el conflicto armado, los feminicidios y la poca voluntad política de las administraciones”.

Teófila indica que continuará con su liderazgo comunitario trabajando con las mujeres por el fortalecimiento de sus capacidades. También con su compromiso de preservar los saberes ancestrales de la región del Pacífico Colombiano en su Restaurante Raíces de Tierra y Mar, en el que elabora recetas con productos locales de la región y condimentadas con plantas cultivadas en las azoteas.

Foto: Teófila firmando el “Pacto por la Inclusión” del municipio de Guapi que aún no se ejecuta.

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