Con el apoyo del Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola (FIDA), Rimisp adelantó un análisis para comprender los efectos que ha generado la pandemia del COVID-19 en el mercado laboral rural colombiano, en el cual se señala que las mujeres han sido las más afectadas debido las brechas que ya venían acrecentándose desde antes.

El estudio inicia por destacar diversas características estructurales de las mujeres rurales en Colombia para comprender los efectos de la crisis del COVID-19 en el mercado laboral. En primera medida, señala que, en las áreas rurales, solo el 31,4% de la fuerza laboral es femenina, pero ellas representan el 46,8% de la población rural en edad de trabajar. Por lo tanto, las mujeres son el 68,1% de la población inactiva en las zonas rurales. Más aún, solo el 29,7% de la población ocupada en la ruralidad y el 56,1% de las personas desempleadas son mujeres. De esta manera, el informe señala que las mujeres rurales participan menos del mercado laboral y están sobrerrepresentadas en la inactividad y en el desempleo.

De la misma manera, el informe destaca que en las áreas rurales se acentúa la división de tareas entre hombres y mujeres, lo cual se refleja en las posiciones ocupacionales: los hombres se desempeñan como jornaleros, patrones y empleados particulares pero las mujeres tienen posiciones ocupacionales como el trabajo familiar sin remuneración, el empleo doméstico y el empleo del gobierno. Según el DANE (Departamento Administrativo Nacional de Estadísticas), las labores domésticas en las zonas rurales son realizadas en un 82% por mujeres y solo un 18% por hombres y el 59% de las mujeres rurales adelantan trabajos sin remuneración.

El informe señala que las mujeres rurales participan menos en el mercado laboral remunerado y cuando lo hacen es por menos horas comparado con los hombres urbanos y rurales y las mujeres urbanas, es decir que trabajan más que los hombres en las áreas rurales, sin embargo, sólo el 38% de ese trabajo les representa algún tipo de ingreso.

“Estas cifras dan cuenta del bajo reconocimiento y los roles de género que la sociedad le asigna al trabajo del cuidado y si bien las mujeres rurales tienen menor participación laboral, están menos representadas en la población ocupada, trabajan más, pero con una alta proporción de actividades que no les generan ingresos” señala Carlos Córdoba, director de Rimisp en Colombia.

La tasa de inactividad (TI) de las mujeres rurales supera los niveles del 60%. Esta tasa es más del doble que la de los hombres, y es casi 20 puntos porcentuales mayor que la de las mujeres urbanas. La mayoría de las mujeres inactivas rurales, es decir cerca del 66%, se dedican a oficios del hogar como actividad principal, mientras que esa actividad no supera el 7% de los hombres rurales; la mayoría de los hombres inactivos (65%) se encuentran estudiando como actividad principal, mientras que ese porcentaje es cercano al 27% para las mujeres.

El análisis señala dos hipótesis que permiten comprender las razones de dichas brechas de género en el mercado laboral rural. Por un lado, “puede deberse a un problema de medición e inequidad en las labores de cuidado, pues son clasificadas dentro de la inactividad y, los trabajos secundarios no remunerados realizados por las mujeres en las fincas no se tienen en cuenta. Por el otro, hay un factor estructural en el cual se les discrimina en los empleos agrícolas debido a que requieren una alta carga de trabajo físico y se asume que son tareas de los hombres”, destaca el informe.

Lo anterior aporta evidencia en términos de la vulnerabilidad de las mujeres para enfrentar la crisis, en específico, porque están más vinculadas con trabajos no agropecuarios, los cuales contaron con más restricciones por las medidas de confinamiento, lo que probablemente terminó por redundar en una mayor carga de trabajo no remunerado y de cuidados del hogar.

“En particular, para las actividades agropecuarias informales sucede algo interesante: mientras las mujeres no jóvenes asumen toda la pérdida de estos empleos, las mujeres jóvenes presentan el efecto contrario. Es decir, probablemente las mujeres no jóvenes cambian a actividades de cuidado dentro del hogar para que las jóvenes, que antes no participaban del mercado laboral, trabajen en empleos agrícolas” afirma Claudia Ospina, investigadora de Rimisp.

Las pérdidas de empleo afectaron más a las mujeres en actividades no agropecuarias, tanto para el empleo informal como el formal, con pérdidas del 62%. De esta manera, el informe hace un llamado a reconocer el trabajo femenino dentro de las políticas públicas que se formulen para enfrentar la pandemia. Puntualmente, sugiere evaluar la posibilidad de tener una cobertura en las zonas rurales de renta básica como el ingreso solidario que se focalizado en las mujeres cabeza de familia.

En síntesis, el empleo de las mujeres rurales presenta mayores caídas en la informalidad comparado con el de los hombres debido a los efectos de la pandemia, en específico, porque están vinculadas en gran parte con trabajos no agropecuarios, los cuales estuvieron más restringidos por las medidas de confinamiento, y porque fueron una proporción importante de los empleos informales perdidos.

De esta manera, Rimisp genera conocimiento para comprender las transformaciones del mundo rural de manera oportuna de tal forma que represente un insumo para la construcción de políticas públicas que reconozcan las particularidades de los territorios y sus habitantes en Colombia

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