El 18 de diciembre de 2007, la Asamblea General de Naciones Unidas designó el 15 de octubre como el Día Internacional de las Mujeres Rurales, en la cual reconoce “la función y contribución decisiva de la mujer rural, incluida la mujer indígena, en la promoción del desarrollo agrícola y rural, la mejora de la seguridad alimentaria y la erradicación de la pobreza rural” (ONU, 2007).

Se estima que las mujeres rurales representan más de un tercio de la población mundial y el 43 % de la mano de obra agrícola: realizan tareas intensas, trabajan muchas horas y de manera informal, están mal remuneradas, tienen escasa protección social o seguridad de los ingresos.  De esta manera, las campesinas sufren de manera desproporcionada los múltiples aspectos de la pobreza pese a ser tan productivas y buenas gestoras como sus homólogos masculinos,  lo cual se recrudeció con los impactos del COVID-19 que ha afectando de manera directa y diferenciada a miles de familias en los territorios rurales, en donde se ha profundizado las brechas de género que dificultan el empoderamiento de las mujeres en la región, así como la superación de la pobreza.

Datos de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, 2020) indican que, en América Latina, las mujeres rurales representan el 29% de la fuerza laboral, y son responsables de más del 50% de la producción de alimentos. La gran mayoría son jefas de hogar y el sustento de sus familias, pero a pesar de ser una pieza fundamental en el sistema alimentario, aún enfrentan diversos obstáculos para ejercer sus derechos.

¿Qué pasa en México con esta realidad?

 El Instituto Nacional de las Mujeres señala que 56% de las mujeres rurales en el país se encuentra en situación de pobreza; sufren 2 de cada 3 muertes maternas y tienen en promedio 2.4 años menos de escolarización que las mujeres que viven en núcleos urbanos. Tienen, además, menor acceso a la tierra y a programas de financiamiento y capacitación para su desarrollo como agricultoras.

En este contexto, se realizó el conversatorio El papel de las mujeres en la ruralidad: retos y futuro de las próximas generaciones”, organizado por Rimisp y la Coordinación Universitaria para la Sustentabilidad de la UNAM, en donde un grupo de mujeres rurales de diferentes generaciones, actividades productivas y zonas geográficas en nuestro país,  abordaron los principales retos y obstáculos que sufren las mujeres rurales así como las acciones necesarias para su empoderamiento y mejorar su condiciones de vida.

En el espacio virtual participaron Estela Lázaro Magaña, coordinadora general de Embajadoras del Cacao, Comacalco, Tabasco; Bibiana Solís Martínez, productora de Pitahaya, Molcaxac, Puebla; Mariana Torres Juárez, fundadora de Panalli, Texcoco, Estado de México y Juana María Nicolasa Chepe, presidenta de la organización Masehual Siuamej Mosenyolchicauani, Cuetzalan, Puebla.

Ellas, que son mujeres campesinas que han dedicado muchos años de trabajo a la organización de colectivos, al desarrollo de las comunidades y también a la transmisión de conocimientos tradicionales de algunos cultivos, indicaron “Transmitir el amor al campo es mi misión”.

Así, dialogaron sobre el papel de la mujer rural en el campo, expusieron los retos y desafíos que enfrentan actualmente, y se analizaron el panorama futuro para las próximas generaciones.

Las mujeres rurales asumen el papel de transmitir las tradiciones a la juventud y de capacitar a otros productores en el manejo de buenas prácticas. Estela comentó: “Yo enseño lo básico, esas técnicas ancestrales que tenían nuestros abuelos, después esa base se enriquece con la tecnología. Es nuestra responsabilidad enseñar a los jóvenes y manejar las buenas prácticas para llevar productos saludables a los hogares”.

Así mismo, se enfatizó en que el papel de la mujer rural no debe ser visto como una sustitución del papel del hombre, sino que son diferenciados y se complementan entre sí, para esto Bibiana comentó: “por el simple hecho de ser mujer te dicen no puedes, aunque quizá no podamos hacer el trabajo rudo, sí hacemos el trabajo fino, entonces más allá de hacer lo que hace el hombre, complementamos el trabajo y se hacen las cosas mucho mejor, el trabajo no tiene que ser rudo, tiene que ser planeado y así se quita mucho esfuerzo físico”.

Por su parte, en los desafíos identificados, se encuentra un constante cuestionamiento a la mujer rural en su labor campesina, ya que, a nivel Latinoamérica, se tiene la noción de que las actividades del campo están hechas para los hombres, así como las facilidades de apoyos y de tenencia de la tierra. En cambio, las mujeres perciben que su trabajo es invisible para las instituciones, para la comunidad y muchas veces para las propias mujeres campesinas. Esto habla de la necesidad de aumentar el reconocimiento y autorreconocimiento de su trabajo, por lo que, uno de los mayores desafíos que enfrenta la mujer rural es la valorización de su trabajo.

Reconociendo dicho contexto y con el propósito de aportar a procesos inclusivos Yuritzin Flores Puig directora de Rimisp México señaló: “Este 15 de Octubre Día Internacional de la Mujeres Rurales Campesinas e Indígenas cobra relevancia por que uno de los objetivos es visibilizar las diversas actividades que tienen en el campo, debido a que aún tenemos brechas de desigualdad y discriminación en términos de acceso a la tierra, en la educación, en un salario digno y justo porque representan un trabajo no asalariado. Por otra parte, todas ellas son guardianes de la Seguridad Alimentaria que también el 16 de Octubre se conmemora el Día Mundial de la Alimentación, estas fechas son claves por que representan  por un lado una mirada a la igualdad, la no discriminación hacia las mujeres y por otra parte garantizar los alimentos en todos los niveles de territorio, hoy hablar de mujeres rurales es reconocer su aporte y su trabajo diario”

Finalmente, se planteó la urgencia de incluir a la juventud en el campo desde el gusto por la labor campesina y la identidad. Existe un concepto de pobreza asociado al cultivo de los alimentos que interrumpe el flujo de la enseñanza, hace falta que las madres valoricen su pasión y conocimientos para que los jóvenes aprendan a dar el reconocimiento y valor al campo y, así, contribuyan a su renovación tecnológica. “Mujer, eres válida, eres libre, no estás sola, permítete ser quién eres y encuentra lo que realmente quieres hacer” fue el mensaje final que enviaron Estela, Bibiana, Mariana y Juana a todas las mujeres de Latinoamérica.

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