Editorial

Carlos Córdoba,  Coordinador Comité de Dirección de Rimisp

A pesar de haber sido inventada hace más de 2.500 años la democracia aún es una institución imperfecta. Al contrario de lo que se podría pensar, el que sea imperfecta habla muy bien de ella. Si bien nuestros estados tienen arreglos institucionales derivados mucho más del contractualismo moderno que de la Atenas de Pericles, y han optado más por los esquemas de representación, la ciudadanía de vez en cuando sale a recordar que la democracia no se puede limitar a depositar un voto cada cierto tiempo y luego atenernos a lo que hagan los gobernantes.

La discusión entre si es mejor la democracia de representación o participativa hace rato quedó atrás, sabemos que las necesitamos a las dos, hoy nos debería inquietar mucho más poner en práctica cómo combinarlas y lograr que funcionen para la garantía de los derechos de las personas y la estabilidad de las instituciones.  Esto no es una operación matemática y probablemente no sea una formula que se puede replicar, sino que debe surgir del esfuerzo de construcción propio en cada uno de nuestros países.

Este año se celebran elecciones en 11 países de América Latina, entre presidenciales, gobiernos territoriales y procesos constituyentes, la mayoría son ejercicios de democracia representativa pero cada uno tiene sus particularidades. Por ejemplo, de las varias elecciones que se realizan este año en Chile, no hay que perder de vista que una de las más importantes fue la reciente elección de una Asamblea Nacional Constituyente que a la vez es el logro de lo que fue un vibrante proceso de movilización ciudadana. Las elecciones locales y federales en Méjico se darán en un paradójico proceso de nuevos movimientos ciudadanos que se contrasta con el crecimiento de la violencia política en varios estados. En Ecuador y Perú se dieron procesos de polarización durante las campañas presidenciales, en el primer caso ya se eligió nuevo gobierno y en el segundo los ciudadanos se aprestan a ir a las urnas para segunda vuelta en unos pocos días.

Lo que si parece ser una constante es que las insatisfacciones por las condiciones de inequidad que sigue siendo el sino de casi toda la región, sumado al fuerte impacto que ha tenido la pandemia y al desgaste de partidos tradicionales, está generando el movimiento de las capas tectónicas de la participación ciudadana. En Colombia se ha manifestado con un paro que ya completó un mes con protestas y bloqueos en todo el país juntando las voces de trabajadores, jóvenes, mujeres, indígenas y afrodescendientes. No menos preocupante es la situación de Venezuela con la transformación de una parte de su pueblo en los nuevos nómadas de todo el continente. También es relevante los niveles de violencia, corrupción e impunidad que ya están generando levantamientos en Honduras o la discriminación en Guatemala de la cual las mujeres y los pueblos indígenas ya están cansados, por mencionar algunos ejemplos.

Decir que las crisis generan oportunidades es un lugar común. Sin embargo, no olvidemos que de la raíz etimológica de crisis también nace la palabra criterio y tal vez eso sea lo que más se necesita en estos momentos. Hay un reto en tener buenos criterios para transformar lo que podría ser la tormenta perfecta para la región, en oportunidades para las personas. Desde Rimisp venimos insistiendo hace varios años en algunos elementos que hoy vale la pena resaltar. En primer lugar, consideramos que los gobiernos deben ser capaces de entender la heterogeneidad territorial, el enfoque territorial es clave para comprender mejor la realidad de cada país, seguir intentando resolverlo todo desde las capitales es miope.

En segundo lugar, está la distinción de las poblaciones, el grito de los jóvenes y mujeres sin empleo, educación ni oportunidades tiene que se escuchado por los gobiernos y la cooperación internacional, la sensación de “no futuro” que subyace en varios de nuestros países debería generar más atención. Uniendo los dos temas anteriores aparece la necesidad de entender y atender a los pueblos indígenas y comunidades afrodescendientes que requieren intervención a partir de sus particularidades históricas y culturales. Todo esto nos lleva a un punto de encuentro: la ruralidad de América Latina. Si bien algunos de los detonantes de la situación de crisis parecieran más urbanos, probablemente esto se deba a la mayor posibilidad de hacer visibles estos problemas en medios de comunicación y redes, hoy ni siquiera es posible tener un balance que nos muestre el impacto de la pandemia y los confinamientos en la pobreza y seguridad alimentaria rural, tema en el cual nosotros seguimos trabajando y vemos con preocupación.

Finalmente, está el reto de qué medios utilizar para lograr aprovechar los procesos de participación ciudadana en esta coyuntura regional. Sin duda los gobiernos en ejercicio y los que se están renovando deben ser capaces de activar una habilidad que a veces se olvida desde los ejercicios de poder y por eso mismo se atrofia: la capacidad de escuchar. Antes que promesas y discursos salvadores, la ciudadanía territorial y sus organizaciones necesitan ser escuchadas, no solo en sus necesidades sino también en sus propuestas. A partir de allí se puede dialogar y encontrar soluciones. Los mandatarios que se eligen para que ejerzan un mandato por un tiempo limitado, los mandantes siguen siendo los ciudadanos y ciudadanas y la clave de la gobernanza es nunca perder esto de vista. Ojalá estemos a la altura de este desafío.

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