Al inicio de la pandemia del Covid-19, la agricultura familiar (AF) en el Ecuador se mostró resiliente a las afectaciones de la emergencia sanitaria. Sin embargo, el bienestar de estos productores y sus opciones a futuro empeoraron en 2021. Este es uno de los hallazgos evidenciados en las rondas de trabajo realizadas por nuestra oficina en este país, con productores de territorios rurales en Guayas y Los Ríos y que forman parte de nuestro más reciente Análisis de Coyuntura.

Este trabajo ha sido realizado por nuestra investigadora María José Castillo en el marco del proyecto Siembra Desarrollo: Pequeña Agricultura y Alimentación Resilientes al COVID-19, que se implementa en cinco países de Latinoamérica (México, Guatemala, Colombia, Ecuador y Chile) con el fin de determinar los impactos del COVID-19 sobre la seguridad alimentaria y la agricultura familiar (AF).

Por la importancia económica de los cultivos y la participación de la AF, se escogieron la zona arrocera de Guayas y las zonas maiceras y cacaoteras de Los Ríos. El arroz y el maíz duro destacan también por su aporte a la seguridad alimentaria del país.

Para la investigación se realizaron 9 grupos focales con productores (5 mixtos y 4 solo de mujeres) de la AF e historias de vida de 8 mujeres productoras. En total, se contó con 88 participantes en dos rondas de trabajo de campo durante el año 2021. La primera ronda se llevó a cabo entre abril y agosto, mientras que la segunda entre octubre y noviembre.

“La resiliencia de la agricultura familiar ante el shock inicial del COVID-19 se debió, por un lado, al medio ambiente espacioso y natural, el cual contribuyó a que los contagios fueran menores y la recuperación más rápida; aunque en la zona arrocera de Guayas hubo muchos más contagios y fallecimientos que en las zonas investigadas de Los Ríos, debido a estar la primera más cercana a la ciudad de Guayaquil, epicentro inicial de la pandemia en el país”, advierte nuestra investigadora.

La fortaleza del campo también se observó en dos ámbitos críticos como lo son la alimentación del hogar y la producción agropecuaria para el mercado. En cuanto a la alimentación, el poder contar con animales menores y con cultivos varios para autoconsumo permitieron que no se padeciera hambre en los territorios rurales.

El capital social también contribuyó a la seguridad alimentaria, ya que la colaboración entre productores no se hizo esperar. “Fueron frecuentes las instancias en las que los productores compartieron e intercambiaron entre ellos excedentes de la producción; en algunos casos incluso se coordinó activamente la producción de autoconsumo para poder compartir entre ellos”, destaca María José Castillo.

El desmejoramiento de la situación de la AF se debió a la acentuación de los efectos económicos del contexto actual sobre las condiciones de acceso a insumos, de producción y de comercialización, reflejando todo ello en este caso la vulnerabilidad de la AF. Particularmente, a lo largo de 2021, el costo de los insumos empezó a subir con mayor rapidez al avanzar los meses del año, aspecto que afectó a todas las zonas investigadas, con especial énfasis entre los maiceros y arroceros.

Adicionalmente, la problemática en el área arrocera se profundizaba con precios del arroz que seguían una tendencia contraria a la del costo de los insumos. Para la segunda ronda de campo, el cambio en estas variables había generado ya suficiente incertidumbre entre los participantes respecto al futuro como para afectar su toma de decisiones sobre la posibilidad de sembrar o no, y cuánto sembrar, en el siguiente ciclo productivo que se avecinaba.

Consulta aquí: https://www.rimisp.org/wp-content/uploads/2022/04/13-Ecuador.pdf nuestro Análisis de Coyuntura y revisa los resultados completos de estas rondas de trabajo y los hallazgos que se han obtenido.

 

Ingresa tu correo electrónico para recibir nuestros newsletter.

Noticias similares